La última vez que vi a la Muerte hablando con Dios fue hace varios siglos y era para transar el asunto de Jesús. Recuerdo que era un día lluvioso y el viento  dejaba al descubierto por momentos el rostro gris de la muerte, se debe comprender lo complejo que es ser una omnívora de vidas y evitar degustar la de un dios-hombre. En la punta de su hoz colgaba la duda, inquieta y expectante.
Dios en su gloria parecía inmutable al gris suspiro de las nubes. La tensión de esos tres días fue indescriptible, ningún cronista ha tenido el valor de reimaginar la imagen de aquellos días, en ese momento éramos muchos, los que atentos mascullábamos la tragedia, mientras la Muerte se hacia la loca.
Como la moda es lo que llama la atención, se escribió algo sobre el templo de Salomón y todas las escenas más sangrientas para la venta de vanidad. La visita pastoral al infierno de Jesús acompañado de los martirios provocados por el pueblo judío en algo que los comentaristas evitaron emitir opiniones.

¿Quién sabe… en que tratos de resurrecciones andarán?

Ahora muchos años después los veo en la esquina de Gregorio a los mismos personajes, sentados en una mesa roja, Muerte tomándose un tinto, le prohibieron conducir bajo los efectos del alcohol, pues saca la hoz por la ventana y sonríe mientras se deja dormitar por las largas líneas blancas de las carreteras mentales. Pero Dios se toma media de aguardiente, todos entendemos lo estresante que es ser dios, es necesaria la antigua terapia dionisíaca para aguantar ese oficio, terapia renovada con Jesús en la transubstanciación y por conducir no hay que preocuparse, los ángeles son los pilotos del trono divino.

Sin mucho cuento apresure el paso y baje la mirada con el fin de no topárme con los ojos de ellos y obligarme a tener que saludar. La Muerte me cae bien, pero por ahora dejémosla en sus oficios con los vivos, pero a dios no me conviene encontrármelo, en pocos minutos entraríamos en enojo y además ya se nota que esta pasado de copas y  le debo dinero.

En un giro ágil de mis piernas y al compás de New Order* en mi mp4, entre por la puerta de la esquina tan rápido como pude, el hijo del dueño no sonríe, sus cejas son así, le pido una chocolatina y un cigarrillo, me dice que cigarros individuales no vende y me deja en mis manos una barra de chocolate frío.

Cuando veo la Muerte me dan ganas de fumar y esperar a que llegue. El próximo dueño de la cafetería me entrega las vueltas y me olvida en otro cliente. Río al sentir el trozo de chocolate en mi lengua, al salir ciento unos aires bochornosos y pegajosos pero no paro de sonreír… al fin de cuentas Muerte siempre gana.


*Canción: Templation

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